El amor es sufrido y considerado, nunca es celoso;
El amor nunca es jactancioso o engreído, nunca es grosero o egoísta, nunca se ofende ni es resentido;
El amor no haya placer en los pecados de los demás, y se deleita en la verdad, siempre está dispuesto a excusar, confiar, esperar y soportar todo lo que venga;
El amor nunca deja de ser amor.
ICor 13:4,8
♥‡la vida‡♥

martes, 20 de septiembre de 2011
jueves, 2 de junio de 2011
DE UNO EN UNO
En una puesta de sol, un amigo nuestro iba caminando por una desierta playa mexicana.
Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, otro hombre se acercaba. A medida
que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que
luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano.
Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el hombre estaba recogiendo estrellas
de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al
agua.
Intrigado, el paseante se aproximó al hombre para saludarlo:
—Buenas tardes, amigo. Venía preguntándome qué es lo que hace.
—Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado
sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar se morirán
por falta de oxígeno.
—Ya entiendo —replicó mi amigo—, pero sobre esta playa debe de haber miles de
estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté
sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa. ¿No se da cuenta de que
es imposible que lo que usted puede hacer sea de verdad importante?
El nativo sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar y, mientras volvía a
arrojarla al mar, contestó:
—¡Para ésta si que es importante!
Jack Canfield y Mark V. Hansen
*****************************************************
lo siento por no haberme demorado tanto... pro no he tenido tiempo pero ya acabo clases y publicare mas seguido
bss
Mientras andaba empezó a ver que, en la distancia, otro hombre se acercaba. A medida
que avanzaba, advirtió que era un nativo y que iba inclinándose para recoger algo que
luego arrojaba al agua. Una y otra vez arrojaba con fuerza esas cosas al océano.
Al aproximarse más, nuestro amigo observó que el hombre estaba recogiendo estrellas
de mar que la marea había dejado en la playa y que, una por una, volvía a arrojar al
agua.
Intrigado, el paseante se aproximó al hombre para saludarlo:
—Buenas tardes, amigo. Venía preguntándome qué es lo que hace.
—Estoy devolviendo estrellas de mar al océano. Ahora la marea está baja y ha dejado
sobre la playa todas estas estrellas de mar. Si yo no las devuelvo al mar se morirán
por falta de oxígeno.
—Ya entiendo —replicó mi amigo—, pero sobre esta playa debe de haber miles de
estrellas de mar. Son demasiadas, simplemente. Y lo más probable es que esto esté
sucediendo en centenares de playas a lo largo de esta costa. ¿No se da cuenta de que
es imposible que lo que usted puede hacer sea de verdad importante?
El nativo sonrió, se inclinó a recoger otra estrella de mar y, mientras volvía a
arrojarla al mar, contestó:
—¡Para ésta si que es importante!
Jack Canfield y Mark V. Hansen
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lo siento por no haberme demorado tanto... pro no he tenido tiempo pero ya acabo clases y publicare mas seguido
bss
lunes, 21 de marzo de 2011
AFECTADO
Mi hija se encuentra inmersa en la turbulencia de los dieciséis años.
Recientemente, tras unos días en que no se sentía bien, supo que su mejor amiga no
tardaría en mudarse. Además, en la escuela no le iba tan bien como ella había
esperado, ni como lo habíamos esperado su madre y yo. Hecha un ovillo en la cama,
desprendía tristeza a través del montón de mantas con que se cubría, en busca de
consuelo. Por más que yo quisiera acercarme a ella, para rescatarla de todas las
desdichas que se habían adueñado de su joven espíritu, e incluso dándome cuenta de lo
mucho que me importaba y de cuánto deseaba ayudarle, sabía también lo aconsejable que
era proceder con cautela.
En mi condición de terapeuta familiar, y principalmente gracias al testimonio de
clientes a quienes un abuso sexual ha destrozado la vida, estoy al tanto del riesgo
implícito en las expresiones de intimidad entre padres e hijas cuando son
inadecuadas. Además tengo conciencia de la facilidad con que es posible sexualizar el
afecto y la proximidad, especialmente en el caso de hombres para quienes el dominio
emocional es territorio extranjero y confunden cualquier expresión de afecto con una
invitación sexual.
Era tan fácil tenerla en brazos y consolarla cuando tenía dos o tres años, e incluso
siete; pero ahora tenía la impresión de que su cuerpo, nuestra sociedad y mi
condición masculina conspiraban contra mi deseo de consolar a mi hija, y me
preguntaba cómo podía hacerlo sin dejar de respetar las necesarias fronteras entre un
padre y una hija adolescente. Zanjé la cuestión ofreciéndole unas fricciones en la
espalda, que ella aceptó.
Suavemente empecé a masajear su espalda huesuda y sus hombros tensos, mientras me
disculpaba por mi reciente ausencia. Le expliqué que acababa de participar en las
finales del campeonato internacional de masajes de espalda, donde me había
clasificado en cuarto lugar. Le aseguré que es difícil superar los masajes que puede
dar un padre preocupado, especialmente si además de estar preocupado tiene una alta
puntuación mundial en esa especialidad. Y le fui contando detalles de la competición
y de los demás participantes mientras, a base de dedos y manos, procuraba relajar sus
músculos contraídos y aflojar las tensiones que trababan su joven vida.
Le hablé del arrugado viejecillo asiático que había quedado en tercer lugar, antes de
mí, en la serie de pruebas. Tras haber estudiado acupuntura y digito puntura durante
toda la vida, podía concentrar su energía en los dedos, gracias a lo cual elevaba los
masajes de espalda a la categoría de arte.
—Pulsaba y presionaba con la precisión de un prestidigitador —expliqué, mientras le
hacía a mi hija una demostración de lo que había aprendido de aquel anciano. En
respuesta, ella gimió, aunque yo no estaba seguro de si lo hacía contestando a mi
discurso o a mi técnica de digito puntura. Después le hablé de la mujer que se había
clasificado segunda. Era turca y desde su infancia había practicado el arte de la
danza del vientre, de manera que podía imprimir a los músculos un movimiento
particularmente ondulante y fluido. Al masajear una espalda sus dedos despertaban en
los músculos fatigados y en el cuerpo debilitado la necesidad urgente de vibrar, de
estremecerse y danzar.
—Dejaba que los dedos caminaran para que los músculos los siguieran — expliqué
mientras le hacía la demostración.
—Fantástico —fue apenas un murmullo que emergía débilmente de un rostro sepultado en
la almohada. ¿Se referiría a mis palabras o a mi toque profesional?
Después me limité a frotarle la espalda, y los dos nos quedamos en silencio.
Pasado un momento, me preguntó:
—Entonces, ¿quién quedó en primer lugar?
—Eso sí que no te lo creerás —respondí—. ¡Un bebé!
Y le expliqué cómo el tacto blando de un infante al explorar un mundo de la piel y
las sensaciones, no se puede comparar con ningún otro tacto en el mundo. Más suave
que la suavidad misma. Impredecible, tierno en su exploración. Unas manos diminutas
que decían más de lo que jamás serán capaces de expresar las palabras. De la
pertenencia, de la confianza, del amor inocente. Y entonces, tierna y suavemente, la
toqué como había aprendido del bebé. En ese momento recordé vívidamente su propia
infancia... lo que era tenerla en brazos, mecerla, observar cómo se iba aventurando,
a tientas, en su propio mundo.
Y me di cuenta de que, en realidad, era ella la niña, el bebé que me había enseñado
el tacto de un niño.
Tras un rato más de fricción lenta, suave, silenciosa, le dije que me sentía muy
contento por haber aprendido tanto de los expertos mundiales en masajes de espalda.
Le expliqué cómo me había convertido en un masajista de espalda aún mejor gracias a
una hija de dieciséis años que, dolorosamente, iba asumiendo su edad adulta. En
silencio ofrecí una plegaria de agradecimiento porque una vida así hubiera sido
confiada a mis manos, por haber recibido la bendición y el milagro de tocarla.
Víctor Nelson
Recientemente, tras unos días en que no se sentía bien, supo que su mejor amiga no
tardaría en mudarse. Además, en la escuela no le iba tan bien como ella había
esperado, ni como lo habíamos esperado su madre y yo. Hecha un ovillo en la cama,
desprendía tristeza a través del montón de mantas con que se cubría, en busca de
consuelo. Por más que yo quisiera acercarme a ella, para rescatarla de todas las
desdichas que se habían adueñado de su joven espíritu, e incluso dándome cuenta de lo
mucho que me importaba y de cuánto deseaba ayudarle, sabía también lo aconsejable que
era proceder con cautela.
En mi condición de terapeuta familiar, y principalmente gracias al testimonio de
clientes a quienes un abuso sexual ha destrozado la vida, estoy al tanto del riesgo
implícito en las expresiones de intimidad entre padres e hijas cuando son
inadecuadas. Además tengo conciencia de la facilidad con que es posible sexualizar el
afecto y la proximidad, especialmente en el caso de hombres para quienes el dominio
emocional es territorio extranjero y confunden cualquier expresión de afecto con una
invitación sexual.
Era tan fácil tenerla en brazos y consolarla cuando tenía dos o tres años, e incluso
siete; pero ahora tenía la impresión de que su cuerpo, nuestra sociedad y mi
condición masculina conspiraban contra mi deseo de consolar a mi hija, y me
preguntaba cómo podía hacerlo sin dejar de respetar las necesarias fronteras entre un
padre y una hija adolescente. Zanjé la cuestión ofreciéndole unas fricciones en la
espalda, que ella aceptó.
Suavemente empecé a masajear su espalda huesuda y sus hombros tensos, mientras me
disculpaba por mi reciente ausencia. Le expliqué que acababa de participar en las
finales del campeonato internacional de masajes de espalda, donde me había
clasificado en cuarto lugar. Le aseguré que es difícil superar los masajes que puede
dar un padre preocupado, especialmente si además de estar preocupado tiene una alta
puntuación mundial en esa especialidad. Y le fui contando detalles de la competición
y de los demás participantes mientras, a base de dedos y manos, procuraba relajar sus
músculos contraídos y aflojar las tensiones que trababan su joven vida.
Le hablé del arrugado viejecillo asiático que había quedado en tercer lugar, antes de
mí, en la serie de pruebas. Tras haber estudiado acupuntura y digito puntura durante
toda la vida, podía concentrar su energía en los dedos, gracias a lo cual elevaba los
masajes de espalda a la categoría de arte.
—Pulsaba y presionaba con la precisión de un prestidigitador —expliqué, mientras le
hacía a mi hija una demostración de lo que había aprendido de aquel anciano. En
respuesta, ella gimió, aunque yo no estaba seguro de si lo hacía contestando a mi
discurso o a mi técnica de digito puntura. Después le hablé de la mujer que se había
clasificado segunda. Era turca y desde su infancia había practicado el arte de la
danza del vientre, de manera que podía imprimir a los músculos un movimiento
particularmente ondulante y fluido. Al masajear una espalda sus dedos despertaban en
los músculos fatigados y en el cuerpo debilitado la necesidad urgente de vibrar, de
estremecerse y danzar.
—Dejaba que los dedos caminaran para que los músculos los siguieran — expliqué
mientras le hacía la demostración.
—Fantástico —fue apenas un murmullo que emergía débilmente de un rostro sepultado en
la almohada. ¿Se referiría a mis palabras o a mi toque profesional?
Después me limité a frotarle la espalda, y los dos nos quedamos en silencio.
Pasado un momento, me preguntó:
—Entonces, ¿quién quedó en primer lugar?
—Eso sí que no te lo creerás —respondí—. ¡Un bebé!
Y le expliqué cómo el tacto blando de un infante al explorar un mundo de la piel y
las sensaciones, no se puede comparar con ningún otro tacto en el mundo. Más suave
que la suavidad misma. Impredecible, tierno en su exploración. Unas manos diminutas
que decían más de lo que jamás serán capaces de expresar las palabras. De la
pertenencia, de la confianza, del amor inocente. Y entonces, tierna y suavemente, la
toqué como había aprendido del bebé. En ese momento recordé vívidamente su propia
infancia... lo que era tenerla en brazos, mecerla, observar cómo se iba aventurando,
a tientas, en su propio mundo.
Y me di cuenta de que, en realidad, era ella la niña, el bebé que me había enseñado
el tacto de un niño.
Tras un rato más de fricción lenta, suave, silenciosa, le dije que me sentía muy
contento por haber aprendido tanto de los expertos mundiales en masajes de espalda.
Le expliqué cómo me había convertido en un masajista de espalda aún mejor gracias a
una hija de dieciséis años que, dolorosamente, iba asumiendo su edad adulta. En
silencio ofrecí una plegaria de agradecimiento porque una vida así hubiera sido
confiada a mis manos, por haber recibido la bendición y el milagro de tocarla.
Víctor Nelson
LA CANCIÓN DEL CORAZÓN
Había una vez un hombre que se casó con la mujer de sus sueños. Con su amor, ambos
crearon una niñita, una pequeña radiante y alegre, a quien el gran hombre amaba
mucho.
Cuando ella era muy pequeña, él solía levantarla, entonaba una melodía y bailaba con
ella por la habitación, diciéndole:
—Te amo, mi niña.
La niñita fue creciendo, y el hombre la abrazaba y le decía:
—Te amo, mi niña.
Ella se enfurruñaba y decía:
—Ya no soy una niña.
Entonces el hombre se reía, diciendo:
—Para mí, tú siempre serás mi niña.
La niña, que ya no era una niña, se fue de casa para descubrir el ancho mundo. A
medida que se conocía mejor a sí misma, conocía mejor al hombre.
Entendía que él era verdaderamente grande y fuerte, porque ahora reconocía sus
virtudes. Una de ellas era la capacidad para expresar su amor a su familia.
No importaba dónde estuviera ella en el mundo; él la llamaba para decirle: «Te amo,
mi niña».
Llegó un día en que la niña, que ya no era una niña, recibió una llamada telefónica.
El gran hombre estaba enfermo. Le dijeron que había tenido un ataque y estaba
afásico. Ya no podía hablar y no estaban seguros de que entendiera lo que se le
decía. Ya no podía sonreír, ni reír, ni andar, abrazar, bailar ni expresarle su amor
a la niña, que ya no era una niña.
Entonces regresó al lado del gran hombre. Cuando entró en la habitación y lo vio, le
pareció pequeño y nada fuerte. Él la miró e intentó hablar, pero no pudo.
La niñita hizo lo único que podía hacer. Se tendió en la cama, junto al gran hombre.
Las lágrimas brotaban de los ojos de ambos, y ella abrazó sus hombros paralizados.
Con la cabeza apoyada en el pecho del enfermo, ella pensó en muchas cosas. Se acordó
de los momentos maravillosos que habían pasado juntos y de cómo siempre se había
sentido protegida y amada por el gran hombre. Sentía dolor por la pérdida que habría
de soportar, por las palabras de amor que la habían reconfortado.
Y entonces oyó, en el pecho de él, el latido del corazón. El corazón donde habían
vivido siempre la música y las palabras. El corazón seguía latiendo tercamente,
despreocupado del daño que sufría el resto del cuerpo. Y mientras ella descansaba, se
produjo un momento mágico. Ella oyó lo que necesitaba oír.
El corazón iba latiendo las palabras que la boca ya no podía pronunciar...
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña...
Y se sintió consolada.
Patty Hansen
crearon una niñita, una pequeña radiante y alegre, a quien el gran hombre amaba
mucho.
Cuando ella era muy pequeña, él solía levantarla, entonaba una melodía y bailaba con
ella por la habitación, diciéndole:
—Te amo, mi niña.
La niñita fue creciendo, y el hombre la abrazaba y le decía:
—Te amo, mi niña.
Ella se enfurruñaba y decía:
—Ya no soy una niña.
Entonces el hombre se reía, diciendo:
—Para mí, tú siempre serás mi niña.
La niña, que ya no era una niña, se fue de casa para descubrir el ancho mundo. A
medida que se conocía mejor a sí misma, conocía mejor al hombre.
Entendía que él era verdaderamente grande y fuerte, porque ahora reconocía sus
virtudes. Una de ellas era la capacidad para expresar su amor a su familia.
No importaba dónde estuviera ella en el mundo; él la llamaba para decirle: «Te amo,
mi niña».
Llegó un día en que la niña, que ya no era una niña, recibió una llamada telefónica.
El gran hombre estaba enfermo. Le dijeron que había tenido un ataque y estaba
afásico. Ya no podía hablar y no estaban seguros de que entendiera lo que se le
decía. Ya no podía sonreír, ni reír, ni andar, abrazar, bailar ni expresarle su amor
a la niña, que ya no era una niña.
Entonces regresó al lado del gran hombre. Cuando entró en la habitación y lo vio, le
pareció pequeño y nada fuerte. Él la miró e intentó hablar, pero no pudo.
La niñita hizo lo único que podía hacer. Se tendió en la cama, junto al gran hombre.
Las lágrimas brotaban de los ojos de ambos, y ella abrazó sus hombros paralizados.
Con la cabeza apoyada en el pecho del enfermo, ella pensó en muchas cosas. Se acordó
de los momentos maravillosos que habían pasado juntos y de cómo siempre se había
sentido protegida y amada por el gran hombre. Sentía dolor por la pérdida que habría
de soportar, por las palabras de amor que la habían reconfortado.
Y entonces oyó, en el pecho de él, el latido del corazón. El corazón donde habían
vivido siempre la música y las palabras. El corazón seguía latiendo tercamente,
despreocupado del daño que sufría el resto del cuerpo. Y mientras ella descansaba, se
produjo un momento mágico. Ella oyó lo que necesitaba oír.
El corazón iba latiendo las palabras que la boca ya no podía pronunciar...
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña.
Te amo, mi niña...
Y se sintió consolada.
Patty Hansen
martes, 21 de diciembre de 2010
Todo lo que recuerdo
Cuando mi padre hablaba conmigo, siempre iniciaba la conversación preguntándome:
«¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?». Su
expresión de amor encontraba respuesta y, en sus últimos años, cuando su vitalidad
empezó a disminuir visiblemente, nuestra intimidad se hizo aún mayor... si tal cosa
era posible.
A los ochenta y dos años estaba preparado para morir, y yo estaba dispuesto a dejarlo
ir, para que su sufrimiento terminara. Nos reíamos y llorábamos, nos tomábamos de las
manos y nos confesábamos el uno al otro nuestro amor, y ambos coincidíamos en que era
el momento de partir.
—Papá, quiero que después de haberte ido me envíes una señal de que estás bien —le
decía yo, y él se reía ante el absurdo de aquellas palabras; papá no creía en la
reencarnación. Tampoco yo estaba seguro de que esa posibilidad existiera, pero había
tenido muchas experiencias que me convencieron de que podía esperar alguna señal
«desde el otro lado».
Entre mi padre y yo había una relación tan profunda que, en el momento en que murió,
yo sentí en mi pecho su ataque cardíaco. Y me dolió profundamente que el hospital, en
su estéril sabiduría, no me hubiera permitido sostenerle la mano mientras se iba.
Día tras día rezaba pidiendo saber algo de él, pero nada sucedía. Noche tras noche
pedía soñar con él antes de quedarme dormido. Y, sin embargo, pasaron cuatro largos
meses sin que yo sintiera nada más que la pena por haberlo perdido. Cinco años antes,
mi madre había muerto del mal de Alzheimer y, aunque yo tenía hijas ya mayores, me
sentía como un niño perdido.
Un día, mientras estaba tendido en una camilla de masaje, en una habitación oscura y
tranquila, esperando mi turno, me invadió una oleada de nostalgia por mi padre.
Empecé a preguntarme si habría sido demasiada exigencia pedirle una señal. Advertí
que me encontraba en un estado de extremada lucidez. Tuve una experiencia
excepcionalmente clara, en la cual hubiera sido capaz de sumar mentalmente largas
columnas de cifras.
Quise asegurarme de estar despierto y no dormido, y comprobé que estaba tan lejos
como es posible de cualquier cosa que tuviera que ver con el sueño.
Cada pensamiento que tenía era como una gota de agua que perturbara un estanque
inmóvil, y la paz de cada momento transcurrido me maravillaba.
Entonces pensé: «He estado intentando controlar los
mensajes que vienen desde el otro lado, pero ahora dejaré de hacerlo».
De pronto se me apareció el rostro de mi madre; su rostro, tal como había sido antes
de que la enfermedad de Alzheimer la despojara de su mente, de su condición humana y
de más de veinte kilos. El magnífico cabello plateado enmarcaba su dulce rostro. Era
tan real y estaba tan próxima, que tuve la sensación de que si extendía la mano
podría tocarla. Tenía el mismo aspecto que doce años atrás, antes de que se iniciara
su decadencia. Hasta podía sentir.
la fragancia de Joy, su perfume favorito. Parecía que estuviera esperando y no
hablaba. Me pregunté cómo podía ser que yo estuviera pensando en mi padre y ella
apareciera ante mí; me sentí un poco culpable de no haber pedido también su
presencia.
—Oh, madre, lamento tanto que hayas tenido que sufrir con aquella terrible enfermedad
—expresé.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, como para reconocer lo que yo había dicho sobre
su sufrimiento. Después sonrió, con una hermosa sonrisa, y dijo muy claramente:
—Lo único que yo recuerdo es el amor.-
Y desapareció.
Empecé a estremecerme, parecía que la habitación se hubiera enfriado súbitamente, y
en los huesos supe que el amor que damos y que recibimos es lo único que importa y lo
único que se recuerda. El sufrimiento desaparece; el amor perdura.
Sus palabras son lo más importante que jamás he oído y aquel momento ha quedado
grabado para siempre en mi corazón.
Todavía no he visto ni he oído a mi padre, pero no me cabe duda de que cualquier día,
cuando menos lo espere, se me aparecerá para preguntarme:
—¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?
Bobbie Probstein
----------------------------------------------------------------------
LAMENTO HABER TARDADO TANTO PERO SI LES DIGO QUE HE DORMIDO 1 HORA AL DIA ES POCO TENGANME PACIENCIA POR FA CHIC@S GRACIAS...
«¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?». Su
expresión de amor encontraba respuesta y, en sus últimos años, cuando su vitalidad
empezó a disminuir visiblemente, nuestra intimidad se hizo aún mayor... si tal cosa
era posible.
A los ochenta y dos años estaba preparado para morir, y yo estaba dispuesto a dejarlo
ir, para que su sufrimiento terminara. Nos reíamos y llorábamos, nos tomábamos de las
manos y nos confesábamos el uno al otro nuestro amor, y ambos coincidíamos en que era
el momento de partir.
—Papá, quiero que después de haberte ido me envíes una señal de que estás bien —le
decía yo, y él se reía ante el absurdo de aquellas palabras; papá no creía en la
reencarnación. Tampoco yo estaba seguro de que esa posibilidad existiera, pero había
tenido muchas experiencias que me convencieron de que podía esperar alguna señal
«desde el otro lado».
Entre mi padre y yo había una relación tan profunda que, en el momento en que murió,
yo sentí en mi pecho su ataque cardíaco. Y me dolió profundamente que el hospital, en
su estéril sabiduría, no me hubiera permitido sostenerle la mano mientras se iba.
Día tras día rezaba pidiendo saber algo de él, pero nada sucedía. Noche tras noche
pedía soñar con él antes de quedarme dormido. Y, sin embargo, pasaron cuatro largos
meses sin que yo sintiera nada más que la pena por haberlo perdido. Cinco años antes,
mi madre había muerto del mal de Alzheimer y, aunque yo tenía hijas ya mayores, me
sentía como un niño perdido.
Un día, mientras estaba tendido en una camilla de masaje, en una habitación oscura y
tranquila, esperando mi turno, me invadió una oleada de nostalgia por mi padre.
Empecé a preguntarme si habría sido demasiada exigencia pedirle una señal. Advertí
que me encontraba en un estado de extremada lucidez. Tuve una experiencia
excepcionalmente clara, en la cual hubiera sido capaz de sumar mentalmente largas
columnas de cifras.
Quise asegurarme de estar despierto y no dormido, y comprobé que estaba tan lejos
como es posible de cualquier cosa que tuviera que ver con el sueño.
Cada pensamiento que tenía era como una gota de agua que perturbara un estanque
inmóvil, y la paz de cada momento transcurrido me maravillaba.
Entonces pensé: «He estado intentando controlar los
mensajes que vienen desde el otro lado, pero ahora dejaré de hacerlo».
De pronto se me apareció el rostro de mi madre; su rostro, tal como había sido antes
de que la enfermedad de Alzheimer la despojara de su mente, de su condición humana y
de más de veinte kilos. El magnífico cabello plateado enmarcaba su dulce rostro. Era
tan real y estaba tan próxima, que tuve la sensación de que si extendía la mano
podría tocarla. Tenía el mismo aspecto que doce años atrás, antes de que se iniciara
su decadencia. Hasta podía sentir.
la fragancia de Joy, su perfume favorito. Parecía que estuviera esperando y no
hablaba. Me pregunté cómo podía ser que yo estuviera pensando en mi padre y ella
apareciera ante mí; me sentí un poco culpable de no haber pedido también su
presencia.
—Oh, madre, lamento tanto que hayas tenido que sufrir con aquella terrible enfermedad
—expresé.
Ella inclinó ligeramente la cabeza, como para reconocer lo que yo había dicho sobre
su sufrimiento. Después sonrió, con una hermosa sonrisa, y dijo muy claramente:
—Lo único que yo recuerdo es el amor.-
Y desapareció.
Empecé a estremecerme, parecía que la habitación se hubiera enfriado súbitamente, y
en los huesos supe que el amor que damos y que recibimos es lo único que importa y lo
único que se recuerda. El sufrimiento desaparece; el amor perdura.
Sus palabras son lo más importante que jamás he oído y aquel momento ha quedado
grabado para siempre en mi corazón.
Todavía no he visto ni he oído a mi padre, pero no me cabe duda de que cualquier día,
cuando menos lo espere, se me aparecerá para preguntarme:
—¿Ya te he dicho hoy cuánto te quiero?
Bobbie Probstein
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LAMENTO HABER TARDADO TANTO PERO SI LES DIGO QUE HE DORMIDO 1 HORA AL DIA ES POCO TENGANME PACIENCIA POR FA CHIC@S GRACIAS...
jueves, 28 de octubre de 2010
CAMBIOS DE LA VIDA
Tenía yo 16 años, cursaba el penúltimo año de secundaria y lo peor que podía
sucederme sucedió. Mis padres decidieron que la familia se mudaba de Texas a
Arizona. Tenía dos semanas para arreglar todos “mis asuntos” y mudarme antes de que
empezara la escuela. Debía dejar mi primer trabajo, mi novio y a mi mejor amiga, y
tratar de empezar una nueva vida. Detestaba a mis padres por arruinarme la vida.
A todo el mundo le dije que no quería vivir en Arizona y que regresaría a Texas en
la primera oportunidad. Cuando llegue a Arizona, me asegure que todo el mundo sepa
que tenía un novio y una mejor amiga esperándome en Texas. Estaba determinada a
guardar mi distancia de todos; de cualquier modo me iría pronto.
Llego el primer día de clases y me sentí muy desdichada. Solo podía pensar en mis
amigos de Texas y en lo mucho que deseaba estar con ellos. Durante una temporada
sentí que mi vida no tenía sentido. Sin embargo, con el tiempo las cosas mejoraron
un poco.
Fue durante el segundo periodo de clase de contabilidad cuando lo vi por primera
vez. Era alto, pulcro y bien parecido. Nunca había yo unos ojos azules tan hermosos
como los suyos. Estaba sentado a solo tres lugares de mi en la primera hilera de la
clase. Como consideraba que no tenía nada que perder, decidí hablarle.
-Hola mi nombre es Sheila, ¿y el tuyo?- pregunte con acento tejano.
El muchacho que estaba junto pensó que me dirigía a él.
-Mike-
-Ah, hola Mike- le respondí sonriente.
-¿Cómo te llamas?- pregunte de nuevo, dirigiendo mi atención al muchacho de ojos azules.
Miro asía atrás, no creía que le estuviera preguntando yo a él su nombre.
-Chris- respondió impasible
-Hola Chris- sonreí y me puse a trabajar.
Chris y yo nos hicimos amigos. Nos gustaba platicar en clase. Chris era caballista y
yo era de la banda de la escuela; en secundaria la presión de los compañeros
demandaba que no se mezclaran socialmente los dos grupos.
Nuestros caminos se cruzaban de cuando en cuando en nuestras ocupaciones escolares;
pero en general nuestra amistad se limitaba a las cuatro paredes del salón de
contabilidad. Chris se graduó ese año y por algún tiempo se separaron nuestros
caminos. Después, un día llego a verme a la tienda de la plaza comercial donde
trabajaba. Me dio mucho gusto verlo. Tomo la costumbre visitarme en mis descansos y
reanudamos nuestras charlas. La presión de sus compañeros caballistas había
disminuido y nos hicimos muy buenos amigos. Mi relación con mi novio de Texas ya no
me parecía tan importante. Sentía que mi relación con Chris se hacía más solida, que
tomaba el lugar de mi otra relación.
Había pasado un año desde que salí de Texas, y Arizona empezaba a parecer mi hogar.
Chris fue mi acompañante en el baile de gala cuando salí de la secundaria; fuimos
tres parejas juntas: nosotros y dos de sus amigos caballistas con sus respectivas
parejas. La noche de mi baile de gala cambio nuestra relación para siempre: sus
amigos me aceptaron y eso hizo que Chris se sintiera mejor. Finalmente nuestra
relación fue abierta.
Chris fue una persona muy importante para mi durante esa época tan difícil de mi
vida. Con el tiempo, de nuestra relación surgió un amor muy fuerte, ahora comprendo
que mis padres no mudaron a la familia a Arizona para lastimarme, aunque en aquellos
momentos eso sentí. Ahora creo firmemente que todo sucede por alguna razón pues si
no me hubiera mudado a Arizona, jamás habría conocido al hombre mis sueños.
-----------------------------------------------------------------------------------------
les gusta es una historia muy bonita y con un signidicado muy grande disfrutenla
P.D comenten pliss...
Angie
sucederme sucedió. Mis padres decidieron que la familia se mudaba de Texas a
Arizona. Tenía dos semanas para arreglar todos “mis asuntos” y mudarme antes de que
empezara la escuela. Debía dejar mi primer trabajo, mi novio y a mi mejor amiga, y
tratar de empezar una nueva vida. Detestaba a mis padres por arruinarme la vida.
A todo el mundo le dije que no quería vivir en Arizona y que regresaría a Texas en
la primera oportunidad. Cuando llegue a Arizona, me asegure que todo el mundo sepa
que tenía un novio y una mejor amiga esperándome en Texas. Estaba determinada a
guardar mi distancia de todos; de cualquier modo me iría pronto.
Llego el primer día de clases y me sentí muy desdichada. Solo podía pensar en mis
amigos de Texas y en lo mucho que deseaba estar con ellos. Durante una temporada
sentí que mi vida no tenía sentido. Sin embargo, con el tiempo las cosas mejoraron
un poco.
Fue durante el segundo periodo de clase de contabilidad cuando lo vi por primera
vez. Era alto, pulcro y bien parecido. Nunca había yo unos ojos azules tan hermosos
como los suyos. Estaba sentado a solo tres lugares de mi en la primera hilera de la
clase. Como consideraba que no tenía nada que perder, decidí hablarle.
-Hola mi nombre es Sheila, ¿y el tuyo?- pregunte con acento tejano.
El muchacho que estaba junto pensó que me dirigía a él.
-Mike-
-Ah, hola Mike- le respondí sonriente.
-¿Cómo te llamas?- pregunte de nuevo, dirigiendo mi atención al muchacho de ojos azules.
Miro asía atrás, no creía que le estuviera preguntando yo a él su nombre.
-Chris- respondió impasible
-Hola Chris- sonreí y me puse a trabajar.
Chris y yo nos hicimos amigos. Nos gustaba platicar en clase. Chris era caballista y
yo era de la banda de la escuela; en secundaria la presión de los compañeros
demandaba que no se mezclaran socialmente los dos grupos.
Nuestros caminos se cruzaban de cuando en cuando en nuestras ocupaciones escolares;
pero en general nuestra amistad se limitaba a las cuatro paredes del salón de
contabilidad. Chris se graduó ese año y por algún tiempo se separaron nuestros
caminos. Después, un día llego a verme a la tienda de la plaza comercial donde
trabajaba. Me dio mucho gusto verlo. Tomo la costumbre visitarme en mis descansos y
reanudamos nuestras charlas. La presión de sus compañeros caballistas había
disminuido y nos hicimos muy buenos amigos. Mi relación con mi novio de Texas ya no
me parecía tan importante. Sentía que mi relación con Chris se hacía más solida, que
tomaba el lugar de mi otra relación.
Había pasado un año desde que salí de Texas, y Arizona empezaba a parecer mi hogar.
Chris fue mi acompañante en el baile de gala cuando salí de la secundaria; fuimos
tres parejas juntas: nosotros y dos de sus amigos caballistas con sus respectivas
parejas. La noche de mi baile de gala cambio nuestra relación para siempre: sus
amigos me aceptaron y eso hizo que Chris se sintiera mejor. Finalmente nuestra
relación fue abierta.
Chris fue una persona muy importante para mi durante esa época tan difícil de mi
vida. Con el tiempo, de nuestra relación surgió un amor muy fuerte, ahora comprendo
que mis padres no mudaron a la familia a Arizona para lastimarme, aunque en aquellos
momentos eso sentí. Ahora creo firmemente que todo sucede por alguna razón pues si
no me hubiera mudado a Arizona, jamás habría conocido al hombre mis sueños.
Sheila K. Reyman
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les gusta es una historia muy bonita y con un signidicado muy grande disfrutenla
P.D comenten pliss...
Angie
miércoles, 20 de octubre de 2010
Después de un tiempo
Después de un tiempo aprendes la sutil diferencia entre "sostener una mano" y “encadenar un alma”,
Y aprendes que “amar” no significa “apoyarte” y “compañía” no significa “seguridad”,
Y empiezas a aprender que los besos no son contratos y que los obsequios no son promesas,
Y comienzas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos abiertos; con la gracia de un adulto, no con la congoja de un niño,
Y aprendes a construir todos tu senderos en el ahora por que el terreno de mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Después de un tiempo aprendes que el sol quema si recibes demasiado.
Asi que siembra tu propio jardín y decora tu propia alma en lugar de esperar a que alguien te traiga flores.
Y aprendes que en verdad puedes resistir…
Que en verdad eres fuerte,
Y que en verdad vales.
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espero que les guste
comenten plisss
Y aprendes que “amar” no significa “apoyarte” y “compañía” no significa “seguridad”,
Y empiezas a aprender que los besos no son contratos y que los obsequios no son promesas,
Y comienzas a aceptar tus derrotas con la cabeza en alto y los ojos abiertos; con la gracia de un adulto, no con la congoja de un niño,
Y aprendes a construir todos tu senderos en el ahora por que el terreno de mañana es demasiado incierto para hacer planes.
Después de un tiempo aprendes que el sol quema si recibes demasiado.
Asi que siembra tu propio jardín y decora tu propia alma en lugar de esperar a que alguien te traiga flores.
Y aprendes que en verdad puedes resistir…
Que en verdad eres fuerte,
Y que en verdad vales.
Veronica A. Shoffstall, escrito a los 19 años
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espero que les guste
comenten plisss
nuevo!!!
nuevo bloggg
bueno espero que les guste son historias de muchos temas las historias no son mias pero me gustarian que las lean comenten para que me digan que les parece y no se preocupen no voy a descuidar el blog de renesmee por escribir aqui
Angie
bueno espero que les guste son historias de muchos temas las historias no son mias pero me gustarian que las lean comenten para que me digan que les parece y no se preocupen no voy a descuidar el blog de renesmee por escribir aqui
Angie
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